Sociedad

Revolución cubana: matrimonio igualitario

De todas las reformas a la Constitución actual, hay una que ha provocado un intenso debate: la propuesta de legalizar el matrimonio igualitario, presentada por Mariela Castro, hija de Raúl Castro.

Foto: Guillermo Nova/Picture Alliance, vía Getty Images

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Desde hace años, Cuba necesita actualizar la Constitución actual, redactada en 1976 bajo tutela soviética, que propone construir una sociedad comunista como uno de los objetivos de la nación. El texto aprobado por los legisladores elimina la mención al comunismo, aunque define al país como un “Estado socialista de derecho, democrático, independiente y soberano”.

De todas las reformas, hay una que ha provocado un intenso debate: la propuesta de legalizar el matrimonio igualitario, presentada por Mariela Castro, hija de Raúl Castro y directora del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), quien en años recientes se ha convertido en la máxima defensora de los derechos de las minorías sexuales. Su propuesta fue adoptada por la Asamblea Nacional, donde funge como diputada, pero ha generado una intensa oposición entre grupos conservadores, especialmente entre los cristianos evangélicos, que han ganado poder y visibilidad desde la expansión de las libertades religiosas en los años noventa. Hace un par de semanas, cinco iglesias evangélicas hicieron pública una declaración conjunta en la que se oponen a la propuesta, lo que generó protestas de la comunidad LGBT.

Todo parece indicar que la nueva Constitución se aprobará en los próximos meses y Cuba pasará a ser una de las naciones más progresistas de América en la protección de los derechos LGBT.

El país ha recorrido un largo camino desde el hostigamiento generalizado contra los homosexuales en los años setenta, cuando cientos de ellos fueron expulsados ​​de trabajos gubernamentales o enviados a campos de trabajo. Muchos cubanos se vieron obligados a abandonar el país y uno de ellos, el escritor Reinaldo Arenas, publicó Antes que anochezca, una crónica de la represión que sufrió antes de salir de Cuba en el éxodo de Mariel.

Las campañas de represión cesaron gracias a una oleada de críticas de la comunidad internacional. Poco a poco, Cuba comenzó a hacer un examen de consciencia sobre su pasado discriminatorio. En 2010, Fidel Castro reconoció que se había cometido una injusticia y reconoció su propia responsabilidad en el asunto. Pero no fue hasta que Mariela Castro asumió la dirección del Cenesex que se dieron cambios sorprendentes: el Estado financió campañas para combatir la homofobia y la transfobia, creó programas educativos para prevenir el VIH y el sida y —algo único en la historia de la homosexualidad— abrió cabarets, discotecas e incluso una playa gay. Hoy Cuba es el único país del mundo con bares gays —muy animados, por cierto— administrados por el Estado.

La política oficial gay friendly ha convertido a Cuba en un destino popular para los viajeros LGBT. Esta nueva tolerancia es uno de los resultados más sorprendentes de la transición que vive la isla, un momento en el que elementos del pasado socialista —como el rechazo a la religión y su postura sobre la sexualidad— coexisten con un nuevo cosmopolitismo.

Los críticos del gobierno cubano argumentan que la protección y visibilidad de las minorías sexuales debe considerarse en el contexto más amplio de la libertad de expresión, un terreno en el que Cuba está por detrás de la mayoría de sus vecinos latinoamericanos. Por ejemplo, los manifestantes pacíficos suelen ser acosados o incluso encarcelados por expresar su descontento con el sistema.

Cuba podría sacarle mucho provecho a estos avances. Podría, por ejemplo, exportar sus innovaciones en materia de educación sexual y defensa de las minorías sexuales de la misma manera en que en décadas pasadas diseminó su ideología revolucionaria a través de la cultura. Con un poco de creatividad el Cenesex podría hacer de su revista, dedicada a cuestiones de género y sexualidad, un foro internacional. Si en los años posteriores a la Revolución Cuba fue un modelo para los gobiernos de izquierda de todo el mundo, en el siglo XXI podría ser un ejemplo para legisladores internacionales en busca de modelos para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos LGBT.

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