Educación

En Brasil la educación pública está en peligro

El país ocupa el puesto 59 de 70 en el programa PISA y es de los últimos de América Latina en ese ranking, a pesar de destinar la cifra del 6% de su PIB a la educación.

Crédito: Antonio Lacerda / EFE

Crédito: Antonio Lacerda / EFE

Uno de los sectores con necesidades más urgentes en Brasil es la educación. Brasil ocupa el puesto 59 de 70 en el programa PISA y es de los últimos de América Latina en esa clasificación, a pesar de destinar un 6% de su PIB a la educación, mayor que muchos países desarrollados.

Más de 3 millones de niños y niñas de entre 4 a 17 años están fuera del sistema educativo y la tasa de analfabetismo ya llega al 7%. Millares de profesores no tienen la formación adecuada y muchos de los que la tienen es de baja calidad.

Son muchos problemas crónicos que vienen de años atrás pero para los que el actual gobierno de Bolsonaro no ha planteado ningún plan de actuación. No hay ninguna propuesta de reforma, ningún contenido ni ningún objetivo.

Su principal acción en política educativa es atacar el supuesto “marxismo cultural” que impera en las aulas y de eliminar cualquier posible forma de protesta en las universidades a través de profundos recortes presupuestarios. Este gobierno trata de implantar una ideología desde la educación.

Para ello, el Gobierno se guía por un revanchismo ideológico, como el mismo Bolsonaro se encargó de explicar en un viaje reciente a Estados Unidos, donde dijo que su principal tarea es la de “Deconstruir” lo que se ha hecho en Brasil desde la recuperación de la democracia.

Una cruzada regeneradora a implantar para la que, como el propio Bolsonaro señaló, se considera destinado y enviado por Dios. Descontaminar a la sociedad de un supuesto “adoctrinamiento del marxismo cultural” sin ni siquiera presentar ni discutir esas medidas durante las elecciones, ni considerar necesario explicar a la sociedad el programa educativo con propuestas, metas y objetivos.

Una invención de este gobierno para justificar una propuesta con un carácter profundamente antipopular e indefendible pues se trata de quitar la obligación al Estado de la inversión en educación y que sean los que puedan pagarla los únicos que tengan acceso a una educación de calidad.

La figura del profesor marxista adoctrinador es una total invención porque la mayoría de escuelas y profesores de la red pública cuentan con lo justo para realizar sus actividades y sólo son un minoría los profesores que están conectados a la enseñanza en el pensamiento crítico y reflexivo. Pero la realidad del país es bien diferente, son escuelas sin calidad, con falta de recursos, con falta de profesores y jóvenes que abandonan los estudios.

Mientras tanto, en una época de grandes cambios, la educación en Brasil se encuentra a la deriva por una gran disputa dentro del propio gobierno. Hay dos grupos enfrentados.

Por un lado, los ideólogos, representados por un autotitulado filósofo, en realidad astrólogo, llamado Olavo de Carvalho, el gurú ideológico autodidacta del bolsonarismo que vive hace 14 años en Estados Unidos, lejos de la realidad cotidiana de Brasil y que tiene relación con Steve Bannon.

La influencia de Olavo de Carvalho es enorme sobre todo con sus indicaciones para el Ministerio de Educación, que se ha convertido en el principal fracaso de estos primeros meses de mandato.

Y el otro grupo enfrentado con el primero es el representado por los perfiles más técnicos que defienden los militares. Dimisiones de aquellos que no se adaptan a la visión del ala ideológica del gobierno, entre ellos la del primer Ministro de Educación, y críticas feroces a los que pretenden dar un perfil más técnico, han llevado a una total inacción del Ministerio, que únicamente se muestra activo para crear polémicas que no van a ayudar a la resolución de esos problemas.

Como la sugerencia de que todos los niños y niñas al comenzar las clases deben de ponerse firmes y cantar el himno y los profesores filmarlos. O bien proponer la revisión de la historia del golpe de estado militar de 1964, o negar que el nazismo era de extrema derecha, cuestionando no solo la historia de Brasil sino la del mundo. O estimular a grabar a los profesores y denunciarlos si hacen cualquier comentario progresista. O criticar la teoría de la evolución y defender el creacionismo. O el intento de la reinserción en el currículum escolar de las asignaturas de educación moral y cívica, que fueron abolidas después de la dictadura. O eliminar la filosofía y sociología de las universidades. O poner la religión en el eje central de asignaturas comunes como la historia, las matemáticas y las ciencias. O acabar con las cotas raciales. O acabar con la educación sexual en un país con un problema enorme de violencia sexual.

No hay unas pautas concretas de actuación, no hay ninguna propuesta destacable para mejorar un sistema público de educación con muchísimos problemas y no hay capacidad de dirección. Todo esto degenera en un caos donde todo el mundo opina, principalmente porque los responsables en el área de educación tienen una muy baja formación y experiencia en esa materia.

La única directriz en política educativa es destruir lo ya conseguido a base de recortes brutales en los presupuestos. Por eso, Bolsonaro ya ha comenzado a combatir el primer frente de guerra que para él es la educación y la cultura.

Con el pretexto de cumplir el límite de gasto de la ley de responsabilidad Fiscal, redujo en un 42% los recursos para el Ministerio de Ciencia y Tecnología. Ha cortado el 30% del presupuesto de las universidades públicas, lo que supone uno de los mayores recortes de la historia. Se está produciendo un ahogo a las universidades públicas que es de lo poco que funciona en el servicio público en Brasil, pero que es un centro de pensamiento crítico, de cultura, de formación y de educación a lo que el gobierno quiere combatir.

Y esos recortes se relacionan en centros que crean “problemas” con organizaciones de eventos políticos o de protesta. Tienen un claro sesgo ideológico como el propio Presidente y el Ministro de Educación han señalado públicamente.

Se trata de un claro gobierno antieducación, anticiencia, anticultura y antiprogreso. Y eso puede llegar a darse en muchas partes del mundo, incluida Europa y España. Porque estos grupos de extrema derecha, en realidad, no quieren revisar la historia, la quieren negar y utilizar para sus fines ideológicos. Y como movimiento ideológico sabe que en la educación está la base de todo. Y por eso, para implantar su ideología ultraconservadora que mira solo al pasado, se inventan lo de combatir el marxismo cultural con la finalidad de eliminar de golpe uno de los legados educativos más importantes que el mundo dispone. La pedagogía de un brasileño referente mundial, Paulo Freire, reconocido pedagogo que influencia escuelas de pedagogía desde Harvard a Singapur.

La crítica a ese autor representa la estrategia en contra del pensamiento crítico y del libre pensamiento. Este gobierno pretende que los alumnos no pasen de la simple alfabetización a no ser que puedan pagárselo. Y eso tiene un trasfondo ideológico y económico claro tratándose de un país que se denomina de clase media, pero que tiene el mayor nivel de desigualdad del mundo.

Eso, por sí solo, condena al fracaso cualquier proyecto de país. Y condena también a las próximas generaciones a un oscurantismo en medio de una época de conocimiento y avances tecnológicos sin igual. Involucionar en la educación ajenos a los cambios en los modelos pedagógicos que se están dando lugar en el mundo es condenar a país a un futuro incierto. Y eso sería aplicable a cualquier lugar del mundo.

La gravedad del hecho está en que quien puede pagar una educación privada contempla el problema de la educación pública deficiente como ajeno. De forma inmediata, solo ven que la privada proporciona un mayor rendimiento académico al compararse con los niveles de la educación pública del país. Pero, les debería importar porque también va a afectar a sus hijos.

En un mundo globalizado, con los retos educativos que se avecinan por los desarrollos tecnológicos, mantener esa visión es negar el futuro a las generaciones que vienen. Porque ni siquiera estos podrán tener una educación de calidad comparada a nivel global, porque la educación pública es la que debe marcar los mínimos de calidad. Si fracasa ésta, todo el sistema fracasará.

Mientras, las líneas maestras de este gobierno se definen en su “cruzada” contra la educación porque “Dios lo quiere”, en recortar los derechos de las personas y en liberar el uso de armas generalizado. Más que nunca, hace falta Educación.

Fuente